La castración química ¿Una alternativa ética?

La castración química es un tratamiento utilizado con la intención de reducir el deseo sexual de algunos agresores sexuales cuya incapacidad para controlar su comportamiento conduce a repetir una conducta sexual desviada que perjudica a otras en distintos delitos: violadores, pedófilos,… Hace unos días publicamos un vídeo sobre este tema, podéis verlo “aquí”

A diferencia de la castración quirúrgica (cuando se eliminan los testículos o los ovarios), en la depocastración química no se ocasiona un cambio físico permanente en el cuerpo, ya que no es una forma de esterilización sino que se administran diferentes medicamentos, por ejemplo Depo Provera. Este fármaco sofoca la conducta sexual de los delincuentes sexuales por medio de la reducción de los niveles de testosterona en los hombres al disminuir los niveles de andrógenos en el torrente sanguíneo.

La castración química como método terapéutico ha sido y es muy debatida, debido al reclamo público de reducir las agresiones sexuales. La castración química ha sido propuesta como una alternativa no permanente, reversible y con menos efectos colaterales que la castración quirúrgica. Pero ¿es una alternativa ética de tratamiento?

Las investigaciones llevadas a cabo en Europa han demostrado que la castración quirúrgica se muestra ineficaz como tratamiento terapéutico frente a los agresores sexuales y que fuera química no cambiaría este hecho. Sobre todo porque, incluso si la capacidad de un abusador de tener una erección o eyaculación se encuentra inhibida de forma permanente, el acto de agresión sexual implica mucho más que el uso del pene y estas conductas no se verían afectadas. Parece que la libido no disminuye demasiado y la reincidencia es frecuente. Todos estos estudios tuvieron como consecuencia que la castración, sea quirúrgica o química, haya sido abandonada como método aceptable de tratamiento en algunos de los países.

Muchos profesionales relacionados con el área dudan de su eficacia, ya que no hay pruebas de que la castración química sirva para inhibir el deseo en las personas adultas. El deseo no procede sexo y cerebroexclusivamente de impulsos físicos, ya que en cada individuo hay una interacción constante entre el cerebro y las hormonas. Lo físico es tan determinante para el comportamiento como lo aprendido, lo social o lo cultural. En otras palabras, el sexo está también en el cerebro. Calmar las hormonas no eliminaría la educación adquirida, por lo que el tratamiento no sería una solución definitiva. La conducta tiene una parte impulsiva y otra cognitiva. La castración química sólo sería un complemento del tratamiento principal: la terapia psicológica. Existen violadores y pedófilos que tras pasar por la cárcel y recibir un tratamiento cognitivo-conductual no vuelven a agredir.

Los expertos advierten de que, en lugar de acabar con la agresividad, la castración química puede limitarse a desviarla. Si a un violador agresivo se le provoca impotencia, puede expulsar esa agresividad por otras vías y convertirse, por ejemplo en un asesino. Por tanto, no supone una solución ante los violadores. En el mejor de los casos afecta a la función sexual de forma temporal sin influir en la agresividad o el ansia de dominio o de poder, factores determinantes en muchos casos de la comisión del delito. La Asociación Española de Profesionales de la Sexología (AEPS) ha alertado sobre la ineficacia de la castración química de los pederastas y ha advertido que el impulso violento se mantiene pese a la disminución de la testosterona.

Además, el acto de violación se debería conceptualizar más como un acto agresivo o violento que esagresión expresado en términos sexuales y no como un crimen sexual en sí. Es decir, en el caso de que la castración química funcionara transformaría el efecto (la violación) y no el problema de fondo.

Por otro lado, plantea serios problemas de inconstitucionalidad, porque se vulneran los derechos fundamentales del individuo. Tampoco sirve que el penado lo consistiese expresamente, ya que daña su integridad física. La finalidad de las penas es la rehabilitación del delincuente y estas penas no pueden mermar la dignidad de las personas.

Incluso se ha observado que algunos de ellos han aprendido a contrarrestar la acción de la Depo-Provera, inyectándose dosis altas de testosterona, resultando en definitiva más dañino el remedio que la enfermedad. Por otra parte, no se conoce bien el efecto de dosis prolongadas (más de cinco años) de Depo-Provera, sobre el cerebro. Algunos investigadores mencionan que puede provocar la destrucción de la química cerebral normal o un efecto de tolerancia igual que ocurre con el consumo continuado de algunos estupefacientes.

En definitiva, la castración química es un intento fallido por solucionar un problema real y muy grave en nuestra sociedad. Algunas personas se excusan defendiendo este método en que los participantes son voluntarios. Si un recluso voluntariamente accediera a un tratamiento psicológico cognitivo-conductual las posibilidades de éxito serían mucho mayores. Lo importante es reconducir los pensamientos hacia nuevos más adaptativos.

Es necesario establecer protocolos de tratamiento validados científicamente y proporcionados por un equipo multidisciplinar, en el cual su objetivo sea reconducir el impulso sexual y sus pensamientos desadaptativos y no eliminar o reducir simplemente la libido. Los delincuentes son también personas y se trata de que se reinserten en la sociedad y se rehabiliten, y no a costa de eliminarles una necesidad humana.

Mª Pilar Ferre Ribera